El Órgano, voz de la Cristiandad europea. Tres aproximaciones (II)

Raúl del Toro Sola
Profesor de órgano del Conservatorio Superior de Música de Navarra

(Publicado originalmente en la Revista Peregrino, nº 117-118)

El órgano en sus albores europeos: la Alta Edad Media


Durante los tiempos del Imperio Romano aquel ingenioso artefacto que surgiera en el Egipto helenizado del siglo III antes de Cristo -mitad experimento científico, mitad instrumento musical- había alcanzado una notable difusión. Nada hacía presagiar entonces que el órgano pudiera convertirse en uno de los más significativos elementos del culto cristiano. En los primeros años de la civilización cristiana el órgano tenía fines profanos: científicos, didácticos o cívico-ceremoniales. En el periodo patrístico la Iglesia se resistía a aceptar los instrumentos musicales por las  connotaciones de lujo profano que conservaban de la todavía reciente –y en parte vigente- tradición grecorromana. Respecto al órgano, aquellos primeros cristianos no debían de tener muchos motivos para entusiasmarse con el instrumento que había amenizado el ocio decadente del viejo paganismo, incluyendo, posiblemente, los festejos en los que la Iglesia naciente veía cómo sus primeros mártires eran torturados y masacrados ante el regocijo general.


Los estudiosos han observado en Occidente un periodo de silencio respecto al órgano a partir de la deposición del último emperador en el 476. Los pueblos bárbaros que fueron conquistando el imperio occidental no parecían demostrar inicialmente mucho interés por la música. En el año 454 el obispo Sidonio Apolinario elogia al rey visigodo Teodorico II por la sencillez de sus costumbres: en su mesa los platos son similares a los de cualquier otro ciudadano, y las estancias nunca resuenan con los órganos hidráulicos.


Sin embargo unos años más tarde, en 507, el rey ostrogodo Teodorico el Grande escribe a Boecio, su magister officiorum, expresándole su admiración ante el funcionamiento del hydraulos pese a no comprender del todo su complicado mecanismo.


Poco antes del 630 San Isidoro de Sevilla habla del órgano en el libro tercero de sus Etimologías, pero viendo el predominio de referencias griegas no parece poder inferirse que fuese un instrumento frecuente en la Hispania de aquellos días. Hay un par de testimonios que atribuyen a San Vitaliano, papa entre 657 y 672, la introducción del órgano en la liturgia de la Iglesia. Se trata de sendos textos de Platina, prefecto de la Biblioteca Vaticana con Sixto IV, y de su contemporáneo el poeta Battista de Mantua. Ambos datan de una fecha mucho más tardía (hacia 1480) y dicen basarse exclusivamente en una tradición, por lo que sus relatos no gozan de completa credibilidad.


Según los documentos disponibles más fiables este silencio de tres siglos finalizó en el año 757. Ocurrió en virtud de una maniobra diplomática del emperador bizantino Constantino V Coprónimo hacia Pipino del Breve, rey de los francos, en el marco de las disputas territoriales entre ambos que acabarán propiciando la creación de los Estados Pontificios y el poder temporal del Papa. Y aquí se anuncia ya la vinculación jacobea de nuestro instrumento, pues nos cuenta el cronista Eginardo que el rey Pipino recibió una embajada imperial que traía consigo varios obsequios, entre los que se contaba un órgano. En esos momentos Pipino presidía una asamblea general con sus súbditos en Compiègne, así que en este futuro jalón del Camino de Santiago se escuchó el sonido del órgano por primera vez en la Europa occidental cristiana.


Podemos deducir que éste fue el verdadero regreso del órgano a Europa por el gran énfasis que hacen todas las crónicas de aquel año en la novedad del acontecimiento; así, podemos leer en la del monasterio de San Arnulfo: (organum) quod antea non visum fuerat in Francia; y en la de Mariano Scotto: organum primitus venit in Franciam;  o en la de Lamberto Schafnaburg: organa primum missa sunt Pipino.


Poco sabemos sobre este primer órgano llegado a la Europa cristiana. Referencias posteriores a una crónica contemporánea ya desaparecida lo describen como “admirable” y de trop merveilleuse biauté. Por el relato del monje de San Galo Notker Balbulus en su Gesta Caroli Magni sabemos que era un instrumento excelente (praestantissimum), que fue examinado minuciosamente por los artesanos de palacio, casi en secreto (dissimulanter), que tenía fuelles hechos con piel de toro (…follibusque taurinis) y tubos de bronce. Dada su procedencia bizantina podemos imaginarlo lujosamente ornamentado y decorado con piedras preciosas. Se nos habla también de que era capaz de producir tres sonidos diferenciados: uno parecido al “estrépito del trueno” (boatum tonitrui), otro asemejado al “murmullo de la lira” (garrulitatem lyrae) y un tercero que recordaba la “dulzura de la campana” (dulcedinem cymbali).


Al cabo de unos años este órgano desapareció, y el nieto de Pipino, Luis el Piadoso, manifestó un intenso deseo de volver a contar con un instrumento similar, quizá para imitar en fasto y pompa a la corte bizantina de la que su abuelo había recibido el anterior. De modo que en el año 826 encarga el trabajo a un misterioso clérigo veneciano llamado Georgius, quien construye e instala un órgano hidráulico –more Graecorum, dicen las crónicas- en el palacio real de Aquisgrán. Nuevamente percibimos el discurrir paralelo del órgano y la peregrinación jacobea. El primer órgano estrictamente europeo se construye casi simultáneamente al hallazgo de los restos del Apóstol, y el lugar elegido es aquel desde donde, por su condición de capital del Sacro Imperio Romano Germánico, el nuevo santuario de peregrinación será anunciado a toda Europa.


Por razones todavía desconocidas, a partir del 900 el órgano se va convirtiendo en el instrumento propio de la Iglesia de rito latino. El órgano más famoso del s.X es el de Winchester, Inglaterra. Fue construido cerca del 990, poco después de que los benedictinos se hubiesen instalado allí. El monje Wulfstan lo describe como un instrumento colosal, insólito para la época.


Un enclave jacobeo importante en la historia del órgano es Aurillac, localidad situada en el tramo de camino que discurre entre dos santuarios marianos franceses de gran devoción en España, principalmente en Navarra y Aragón: los de las “vírgenes negras” de Le Puy y Rocamadour. Allí encontramos a finales del siglo X construyendo órganos nada menos que al futuro Papa Silvestre II, por entonces todavía monje benedictino con el nombre de Gerberto de Aurillac. Este ilustre pionero de la organería europea además de en dicho oficio gozó de gran reputación como filósofo, teólogo y, sobre todo, científico. Desde su autoridad como Sumo Pontífice tuvo que combatir la superstición que se extendió por toda Europa ante el primer cambio de milenio de la era cristiana. Sabemos también que fue el introductor en Europa del astrolabio, el ábaco y la numeración arábiga, conocimientos que debió de adquirir en Córdoba durante su estancia en los tiempos del califa Al-Hakam II.


El proceso de introducción del órgano en la liturgia de la Iglesia no careció de vicisitudes. En el siglo del Císter surgieron algunas voces que clamaban contra lo que consideraban un lujo superfluo y un espectáculo que dificultaba el recogimiento para la oración. Y algo de razón pudieron tener, pues en aquellos años los órganos eran sumamente ruidosos por lo tosco de su construcción, y además era costumbre acompañarlos con el sonido de campanillas.


En un sentido contrario, el obispo Baldrico expresa en esos mismos comienzos del siglo XII su admiración por el órgano que había conocido durante su visita a la Abadía de Fécamp. Rebate con citas bíblicas las críticas hacia la presencia del instrumento en la liturgia, y formula una hermosa comparación entre la conjunción de los variados sonidos que se produce en el órgano con la unidad de pensamientos y propósitos que los miembros de la Iglesia deben tener bajo la inspiración del Espíritu Santo: ¿Acaso no somos nosotros el órgano del Espíritu Santo?


Durante los siglos siguientes no hará sino confirmarse este vigoroso impulso que convertirá al órgano en el instrumento propio y característico del rito latino, alcanzando su máximo esplendor durante los siglos de barroco.